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Gobierno de EE.UU. entra en el capital de Intel para impulsar la producción nacional de chips

Esta inversión fortalece la cadena de suministro de semiconductores en Norteamérica, beneficiando a México mediante el nearshoring en tecnología y potenciales colaboraciones en manufactura de chips bajo el T-MEC, aunque aumenta la presión para alinear regulaciones con EE.UU. 
Esta inversión fortalece la cadena de suministro de semiconductores en Norteamérica, beneficiando a México mediante el nearshoring en tecnología y potenciales colaboraciones en manufactura de chips bajo el T-MEC, aunque aumenta la presión para alinear regulaciones con EE.UU. 

En una movida estratégica que resalta la intersección entre política y tecnología, el presidente Donald Trump confirmó el 29 de agosto de 2025 la entrada del Gobierno estadounidense en el capital de Intel, una de las mayores compañías de semiconductores del mundo.


Esta decisión, rumoreada durante días, busca asegurar la soberanía tecnológica de EE.UU. frente a competidores globales como China, invirtiendo fondos federales para expandir la producción doméstica de chips avanzados. El anuncio se produce en un contexto de tensiones geopolíticas, donde la administración Trump prioriza la relocalización de industrias críticas, afectando directamente la dinámica bilateral con México. 


Datos del Departamento de Comercio de EE.UU. indican que esta inyección de capital, estimada en miles de millones de dólares, permitirá duplicar la capacidad de fabricación en plantas de Arizona y Ohio, reduciendo la dependencia de proveedores asiáticos.


Para México, esto representa oportunidades en el ecosistema tecnológico regional: con más de 50 empresas de semiconductores operando en el país, el nearshoring podría atraer inversiones adicionales, generando hasta 100,000 empleos en sectores como electrónica y automotriz, según proyecciones de la Secretaría de Economía mexicana.


Sin embargo, implica desafíos, ya que México debe navegar presiones para restringir componentes chinos en sus cadenas de suministro, alineándose con las políticas de seguridad nacional de Washington. 


En el plano político, esta acción refuerza la agenda proteccionista de Trump, que incluye aranceles a importaciones tecnológicas, impactando el comercio bilateral valorado en 100 mil millones de dólares anuales en electrónicos.


Expertos como los del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) advierten que, si no se gestiona bien, podría generar desigualdades, favoreciendo a EE.UU. mientras México absorbe costos logísticos. Implicaciones a largo plazo incluyen una mayor integración bajo el T-MEC, con posibles reformas para incentivar la innovación conjunta en IA y nanotecnología.


La presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido enfatizando la soberanía tecnológica mexicana, promoviendo alianzas equitativas. Críticos señalan riesgos de monopolio gubernamental en tech, recordando precedentes como la intervención en Boeing.


En resumen, esta inversión no solo acelera la autonomía tecnológica de EE.UU., sino que redefine la colaboración México-EE.UU., urgiendo a México a invertir en educación STEM para capitalizar beneficios.


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